


El domingo, cuando abran las urnas a las 9 de la mañana, todos los marcadores estarán empatados a cero. A partir de ahí, el poder absoluto lo tienen los ciudadanos con su voto. El poder de abrir y cerrar hospitales, el poder de mantener viejos esquemas o profundizar en la democracia, el poder de apostar por la actividades económicas que crean riqueza o el de apostar por modelos más especulativos. Que nadie se deje arrebatar el poder de decidir.
En el escuador de la campaña, estoy más ilusionado que antes. Quiero apelar a la ilusión individual para salir de ésta situación difícil en la que está el mundo entero, y la ilusión colectiva para cambiar modelos insostenibles que nos han llevado a una situación de quiebra económica global y de una profunda desigualdad entre los habitantes de las diferentes regiones del mundo.
No puede ser que los mismos especuladores que causaron la quiebra decidan ahora quien preside los gobiernos de los países en crisis. No puede ser que las mismas fórumulas que nos han llevado a este callejón pretendan ser el navegador para salir. Somos más los que no pensamos así. Somos muchos más los que creemos en otros valores. Y tenemos poder. El poder de nuestro voto. Por eso apelo a la ilusión, al orgullo ciudadano. A la ilusión que nace de la rebeldía contra las cosas que no están bien.
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